Es la rama de la criminología que interpreta los actos delictivos en función de su desarrollo vital, siendo la edad uno de los factores más importantes en el estudio que pretende explicar la influencia de la edad en las conductas delictivas. 

Hay dos conceptos relevantes dentro de este paradigma: 

  • Carrera delictiva: se trata del número de delitos que una persona comete en un determinado periodo de tiempo. 
  • Delincuente de carrera: son aquellas personas que cometen un número elevado de delitos en un intervalo de tiempo amplio. 

Hay tres etapas en el desarrollo vital de la conducta antisocial: 

  1. Inicio → el fenómeno que lleva a una persona a iniciarse en la carrera criminal
  2. Mantenimiento → es la situación por la cual una persona mantiene sus conductas delictivas. Dentro de esta etapa hay que diferencias a los sujetos reactivos o proactivos; mientras que los sujetos reactivos van a reaccionar de una forma determinada ante un estímulo neutro si así es su estilo particular (pro o antisocial), los sujetos proactivos moldean su entorno de tal modo que se adapte a su estilo particular: pro social o antisocial. 
  3. Desistimiento → es la situación por la cual un victimario abandona la carrera delictiva, por ejemplo, porque ya no encuentre motivación antisocial en sus actos o porque la madurez adquiera una mayor importancia en su día a día. 

Es importante identificar los factores de riesgo o de protección que afectan a los victimarios, o dicho de otro modo buscar esos factores que favorecen la conducta antisocial, y aquí toma especial relevancia la edad del victimario, ya que según esa edad los factores van a afectar de un modo u otro. 

Un ejemplo de esto es que un bolso abandonado no promueve el mismo efecto en un individuo de 10 años que en uno de 20 años e incluso es diferente de un sujeto de 40 años. Por lo que el uso de este paradigma permite entender que unos victimarios cometan delitos desde muy jóvenes, que otros mantengan esa carrera delictiva en el tiempo, así como otros que desistan de la misma. 

Se puede llamar ciber-delincuencia a aquella actividad delictiva cuyo objetivo es atentar contra la confidencialidad, la integridad y la disponibilidad de los sistemas informáticos, de las redes y los datos, así como el uso fraudulento de dichos sistemas, redes y datos.

En España se ha duplicado esta actividad ilegal en menos de una década, se podría decir que es un “negocio al alza”.

En el año 2011 se contabilizaron 28.963 ciber-crímenes y la tendencia ha ido aumentando hasta superar la barrera de los 60.000 casos denunciados en 2017.

La profesora de estudios de Derecho y Ciencia Política de la UOC explica que: “El mundo digital favorece las condiciones para que el ciberdelincuente desarrolle los rasgos y habilidades necesarias para cometer los delitos”.

El desplazamiento al ciberespacio de las relaciones humanas, cada día tenemos más relación a través del móvil o el ordenador que en persona, y económicas, es lo que ha provocado un descenso en la delincuencia convencional, sobre todo en la delincuencia juvenil. Hoy en día se ven más casos de acoso por medio de las redes que en una relación cara a cara, ya que las nuevas tecnologías lo propician mediante los vídeos y las fotografías.

A la hora de intentar perfilar este tipo de criminales, no es tarea fácil, ya que la ciber-delincuencia no se cierra a una franja determinada de edad o un estrato social determinado, tampoco es necesario que quién cometa este tipo de actos sea un profesional informático.

Con toda esta información es lógico que resulte difícil predecir este tipo de delincuencia, pero gracias a la inteligencia artificial se han podido crear mapas para entender dónde y cuándo se desarrollan estos delitos. Estos mapas son creados por ordenadores que cruzan información, lo que permite tener más control sobre la prevención de la delincuencia, aunque el uso de esta tecnología crea dilemas éticos y jurídicos.